Derribando Techos de Cristal: Desde la perspectiva de equidad de Género.
Marzo suele ser un mes en donde muchas mujeres, y también cada vez más hombres, buscan visibilizar y concientizar sobre algunas realidades en torno al género. Los llamados “Techos y Laberintos de Cristal” forman parte de esta realidad, no sólo en nuestro país sino también en el mundo entero.
¿Qué son los Techos de Cristal? Son las barreras invisibles con las que algunas mujeres ven obstaculizadas sus posibilidades de ascenso y carrera laboral. ¿Por qué se dan esas barreras? ¿Quiénes las crean? ¿Por qué se mantienen? Son algunas de las preguntas que podemos hacernos, y las respuestas, como todo fenómeno complejo, resultan multicausales.
Si bien Uruguay se encuentra en un lugar bastante privilegiado en materia de derechos y equidad en comparación con otros países de la región, lo cierto es que los resultados de estudios internacionales y nacionales muestran cifras preocupantes.
En Uruguay, el mayor procentaje de universitarios/as graduados/as son mujeres. No obstante, el porcentaje que logra llegar a posiciones de jerarquía dentro de las organizaciones es significativamente menor a la de los hombres. De acuerdo al último informe denominado Equal Pay Day difundido por la empresa Ferrere, las mujeres uruguayas ganan un promedio de 16,2% menos que los hombres por la misma tarea, lo que equivale a expresar que la mujer trabaja bastante más días al año que los hombres.
Asimismo, incluso antes de la pandemia, la carga horaria de trabajo no remunerado en las mujeres (cuidado de niños, limpieza de la casa, cocina, etc.) era de 4hs, y de 2,5hs en los varones. La brecha se acentúa aún más, si además viene de una posición económica menos favorable.
Sabido es que la inserción de la mujer en el mercado laboral en las últimas décadas se ha incrementado significativamente, generando un importante impacto en el seno de la dinámica familiar. Sin embargo, esta búsqueda de nuevas oportunidades, de independencia económica –y también emocional-, no ha sido gratis. En el camino, ha tenido que transitar por varios laberintos de cristales, prejuicios y sesgos cognitivos, acompañados de la infaltable sensación de culpa, tan presente y limitante para algunas mujeres en su temor de estar descuidando el hogar, al no cumplir exactamente con el mandato social.
Por otra parte, estos sesgos cognitivos han determinado que las mujeres, históricamente, hayan tenido como opciones de estudio y trabajo, aquellas que precisamente ejercían a la interna de sus hogares, vinculados a la salud, educación y cuidado de sus seres queridos (enfermería, magisterio, psicología, pediatría, gastronomía, entre otros). Hace unos años, los estudios de ingeniería y tecnología por ejemplo, parecían estar reservados casi exclusivamente para los hombres.
Existen historias de mujeres que han tenido que asumir una imagen de apariencia masculina para poder desempeñarse en algunos roles y tareas catalogadas exclusivamente para el sexo masculino.
También existen investigaciones que han marcado de qué manera, cuando la mujer asume posiciones de liderazgo comienza a adoptar características históricamente atribuidas a los hombres, en tanto éstos han estado asociados al poder y a los roles de liderazgo (la moda de las mujeres de traje y corbata viene en parte de allí). Este accionar no hace más que acentuar la asociación de poder-liderazgo-estereotipo masculino, generando un círculo de autoexclusión, siendo a menudo las propias mujeres quienes refuerzan inconscientemente esta lógica.
Los laberintos de cristal también están presentes en el hecho de que las mujeres suelen estar más observadas y cuestionadas en posiciones de liderazgo; es como si constantemente debieran rendir pruebas y demostrar sus competencias para ser validadas como Directoras y Gerentas de empresas. Para algunas organizaciones, no todas por suerte, resulta aún difícil comprender que se necesitan líderes, más allá del género en sí mismo, que integren rasgos y valores que social e históricamente se han asignado por separado, para sumar y contribuir verdaderamente a un liderazgo positivo y transformador.
Lejos de radicalizar posturas y movimientos sociales que separan y profundizan las distancias y los enojos, se debe apuntar a una sociedad en donde se pueda trabajar en conjunto hacia la equidad de género e igualdad de oportunidades, donde hombres y mujeres enseñen a niñas y niños la importancia del respeto y del trabajo en equipo en las tareas del hogar, De la misma manera, las personas deben ser seleccionadas, evaluadas y promovidas en las empresas por sus capacidades y competencias, y no por su condición de género. De eso debería tratarse cuando hablamos de promover la igualdad de oportunidades, para construir una sociedad más justa, integradora y más inteligente.
Mag. Lic. Silvana Armand Ugón
